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Obstetricia moderna

| Dr. José Antonio Santamaría | Blog

Lucía y vive un momento increíble: está embarazada; ha tomado la decisión de  acudir al médico para su revisión. Contrario a lo que uno pudiera pensar, a esta mamá le costó mucho trabajo decidirse para acudir a su consulta. Con sus siete meses de embarazo, el abdomen ya es muy pesado y caminar se vuelve cada vez más complicado.

Ir a consulta implica caminar varias cuadras (que ahora parecen infinitas) hacia la parada del transporte público, subirá con dificultad al microbús ya que nadie le ofrece una mano en que apoyarse para subir; adentro, todos los asientos están ocupados  y se resigna a quedarse parada la hora y media que tarda el trayecto - atrás hay lugar- grita el chofer del micro pidiendo un imposible, el vehículo está lleno, aún así, las personas intentan desplazarse y sin darse cuenta de la embarazada la comprimen, la empujan.

Los hombres que están sentados se hacen los dormidos, después de un rato una mujer sentada se levanta y le cede el lugar. Por fin llega a su clínica, cansada, ya siente que sus pies se han hinchado, los zapatos comienza a apretar, los empujones y la distancia caminada hace que se sienta mal, le duele el abdomen, le duele la espalda. Con esfuerzo se acerca al módulo de recepción –señorita, tengo cita con el doctor- dice Lucía con la respiración agitada. La señorita está platicando con la de al lado y pareciera que nuestra embarazada es invisible  –señorita, vengo a consulta y me siento mal, me duele mi vientre y las piernas-  insiste Lucía en un tono casi de súplica. Sin voltearla a ver, la recepcionista le informa que si se siente mal que vaya a urgencias, pero resulta que urgencias está hasta al otro lado del edificio, nuestra embarazada ya no puede caminar –entonces espérese a que la llame el doctor-dice la recepcionista en tono altanero. Después de dos horas, por fin la llaman para ser vista por el médico  de consulta externa.

Al ingresar al consultorio los primero que escucha Lucía es -¡siéntese!- le dice el doctor. Sentado atrás de su escritorio, el galeno no ha levantado la vista desde que Lucía entró, está absorto escribiendo y sin dejar de ver el monitor le pregunta ¿qué es lo que tiene? El desarrollo de la consulta es impersonal, Lucía no sabe cómo se llama el doctor, con dificultad le ha visto el rostro ya que no para de estar detrás de su monitor, las preguntas del doctor son como no queriendo escuchar respuestas, todo es rápido, no hay oportunidad de preguntar dudas, “acuéstese, párese, súbase, bájese” son las únicas palabras claras. –esta es su receta, vaya a medicina preventiva, agende su cita en un mes y si se siente mal venga a urgencias- dice el doctor con ganas de que la paciente no vaya a preguntar nada y se retire lo más pronto  porque afuera hay otras 20 embarazadas más esperando entrar y ya muy molestas por el retraso en el horario.

Finalmente llega el momento, Lucía tiene contracciones y acude a urgencias. Al llegar ve con mucha preocupación que hay 10 pacientes antes que ella esperando revisión; Lucía se acerca al módulo de trabajo social y le hace ver a la señorita que tiene mucho dolor y ha comenzado a salir líquido de la vagina justo cuando venía en camino hacia el hospital –espere su turno- le dice la señorita con el teléfono en la mano y con una expresión de fastidio. Al fin, Lucía entra al consultorio de urgencias para ser examinada, los dolores son muy fuertes, cada vez más, el médico  le informa que le hará un tacto vaginal, en ese mismo espacio se encuentra otro hombre, pareciera que es enfermero porque es el que asiste al doctor, también están dos personas jóvenes, con bata blanca, cara de cansancio y susto a la vez observando a Lucía, son los estudiantes; hay una segunda puerta que da a un pasillo en donde ve transitar a muchas personas con bata y sin bata, hombres y mujeres, esa puerta la dejan abierta y aún así el doctor le pide que se retire su ropa interior, se acueste y abra las piernas, Lucía solo piensa –que vergüenza más grande-. El doctor realiza el tacto vaginal sin avisar y de forma nada gentil, Lucía se asusta, grita, salta de la sorpresa pero también del dolor, -¡haber señora, no se queje de dolor! No se quejó cuando estaba con su marido haciendo este bebé verdad?-. El médico le informa que aún falta mucho para el parto, pero que no se puede regresar a su casa, así que la indicación médica es salir al patio del hospital y “caminar”, caminar y caminar.

Por fin la ingresan a la sala destinada para las pacientes que están en trabajo de parto llamada Unidad tocoquirúrgica” o sala de labor. Es  como un manicomio, pacientes gritando, emitiendo sonidos guturales extraños, solicitando la presencia del doctor, cada cama está separada solo por una cortina; y todo se ve, todo, quien defecó en la cama, las sábana que las cubre está en el piso, entonces las piernas, los genitales cuando exploran, todo se ve, todo; el dolor es tan intenso que el pudor queda en un segundo plano. Y pasan horas, los dolores son insoportables, no se puede describir el momento, pero no hay progreso del trabajo de parto, no pasa nada, el bebé no nace. De repente llega un doctor, -¿Quién será? – se pregunta Lucía, no estaba ahí antes, probablemente ya están cambiando de turno, de hecho desde que Lucia llegó a la sala de Labor, nadie tuvo la educación de presentarse.

El doctor desconocido  con voz enérgica le dice a Lucía, tu bebé está sufriendo y te vamos a operar, -pero, que pasó doctor, nadie me ha informado que algo andaba mal- pregunta Lucía; de repente, el personal de la sala se mueve muy rápido, las enfermeras comienza a correr, le vuelven a puncionar la vena a Lucia para extraer una muestra de sangre, pero nadie le dice para que es, le ponen un gorro, botas, le rasuran el abdomen bajo, llaman al camillero y la trasladan a quirófano  -mi bebé está bien? - pregunta Lucía angustiada, -no sé señora yo sólo soy el camillero- contesta el hombre que la traslada. Lucía está desesperada, con mucho dolor, asustada, angustiada, algo muy malo está pasando pero no sabe que sucede.

No, este relato no está novelizado. La historia de Lucía se repite con  frecuencia en cada uno de nuestros hospitales del Sector Salud y hasta en algunos privados.

Hay una necesidad, mejor dicho una urgencia de cambiar estas condiciones; la falta de consideración hacia la mujer, hacia la embarazada, el trato deshumanizado,  grosero,  incluso con características de discriminación y humillación hacen que se genere un tipo de violencia que,  entre los propios  médicos, ha pasado desapercibida, la violencia obstétrica.

Es un tema social complejo sin duda alguna, y está en manos de sociólogos, antropólogos, psicólogos,  médicos y legisladores entre otros generar el cambio.

Como personal médico tenemos que mejorar, primero,  dándonos cuenta  del problema en el que nosotros participamos, segundo, logrando un cambio de actitud teniendo siempre como premisas salvaguardar la dignidad, respeto a los derechos humanos  y  a la salud de nuestras pacientes.

En consecuencia, los tiempos modernos con sus circunstancias sociales han conducido a diseñar nuevas estrategias y  nuevas  formas de atención clínica a la embarazada. De lo anterior desprende el concepto de  “Atención humanizada  y digna del parto y nacimiento”.

 

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